Como una ola que desvanece los castillos de arena. Como una ola suave, salada, espumosa. Como una ola, con armonioso tronar, como un grito silente, apagado. Como una brisa tibia, que se lleva sin querer a los insectos que vuelan con sus débiles aleteos zumbantes. Como el fuego, brillante espectáculo de luz, atrayente, apasionante, muestra viva de color y calor. Salvador en las oscuridades. Como una tormenta, como una catástrofe. Como un suave y hermoso cataclismo, que no hizo más que desbaratar mi mundo. Como tratando de cambiar el mundo, desde sus cimientos, sin querer. Sin intención. Sin ninguna fuerza interna que te mueva . De pronto te apareces. Y el desastre se vuelve gracia, brillante, majestuoso, magnífico, desastre ensordecedor, como una suave nota que sin ser melodía limpia el alma y se queda metida en la cabeza, llevándose todo lo demás, y en la mente la nota se vuelve compás, frase, movimiento, una obra entera. Como la lluvia que baja por la cara, confundiéndose con una lágrima sin motivo. Como un silencio amargo, mezclándose con la soledad, apareciendo mientras la luz se va y el resplandor de lo alegre se vuelve tiniebla, muda, oscura, fría. Como un amanecer, que aunque llene todo el horizonte de luz, llena todo el aquende de un sol gélido, y la escarcha y el rocío mustran su gesto burlón y desafiante a lo rayos tímidos y bonachones. Eres una enfermedad, un resfrío disonante de primavera. Espero que se me pase. Así, como el tiempo. Y de repente me doy cuenta que la primavera ya no es. Que la Tierra ya giró y yo aún resfriado. Que el frío ya llegó y ya se iba yendo, y yo todavía pensando en la primavera anterior. |