Ni siquiera la luna, con su luz paciente, me hace entender. Tampoco el humo azulado de un cigarro nocturno. Ni la almohada que me escucha, sin querer. Recibo al silencio con amabilidad. Quizás me ayude a entender tu argot de gestos y tu mirada con indecencia inocente. Sigo pensando, en tu lenguaje de mutismo enigmático. Y así me duermo, esperando al carro hélico. Sigo pensando, en la pureza inusitada de tu piel adolescente, mientras termino de tramar el ardid del deseo bizco de mi piel... |